Ese día todo había comenzado mal, su esposa no había llegado de aquel largo viaje, ese que había emprendido hace ya más de un mes, y que todavía esperaba día tras día, sol tras sol en la ladera Este del río. Pero el desquiciado sabía perfectamente que su esposa no volvería nunca, ya que aquel estupido y corpulento hombre le había ofrecido una mejor vida en el aserradero del pueblo. En aquel día el sentía que lo ultimo de su humanidad se había esfumado cuando el perro, que era su única y gran compañía, estúpidamente había saltado al río persiguiendo a su comida del día.
Pero ninguno de esos sucesos había logrado hacer que el desquiciado se moviera de su lugar, mirando desde hacía días el mismo punto, en el cual había visto por última vez a la mujer que había escapado con su corazón. En ocasiones, y solo por algunos minutos corría a la cabaña a buscar algo para comer, pero volvía al segundo más tarde, con el corazón agitado, conservando la vana esperanza de que su mujer hubiera vuelto en esos minutos.
Su apariencia era terrible; su pelo estaba sucio, de aspecto pajoso, con espesa barba que colgaba hasta la altura de su pecho, llena de trozos comida podrida, la cual la adornaba tal árbol de navidad. Su piel amarillenta y cubierto de un espeso cebo, él estaba raquítico, al extremo de que se le notaban las más profundas imperfecciones de sus huesos.
Su locura estaba provocando que sus ojos arrancaran desmesuradamente de sus orbitas, bajo las cuales unas espesas y oscuras ojeras se hacían relucir espléndidamente. Su piel estaba cubierta de profundas llagas, producto de los incontables golpes que asestaba contra su piel, para intentar espantar a sus nuevas e inseparables mujeres. Sus ropas estaban profundamente carcomidas y corroídas por la acción de la mugre y la humedad.
Su cuerpo exhalaba un hedor a orina y a cebo, y este magnifico olor se complementaba espléndidamente por el suave aroma exhalado por los montones de sus excrementos apilados sutilmente a su alrededor.
En algún momento en que empezó a sentir una nostalgia profunda, tomó una botella de su morral, y la bebió hasta la última gota. Poco a poco comenzó a sentir los efectos del alcohol, el cual de manera abrupta le empezó a producir mareos. El desquiciado hombre se puso de pie y comenzó a correr en dirección al pueblo.
Quien sabe cuanto tiempo después de iniciar su camino no soporto más los mareos y empezó a caer lentamente, siguiendo a la gravedad, que en forma paulatina la empujo en contra del suelo, hasta caer de bruces. De súbito un espeso y amargo vomito emergió desde sus entrañas, cayendo sobre la maleza, rebotando y desparramándose violentamente, así su replica no se hizo esperar, continuando su sinfonía durante varios largos e interminables minutos.
En la desesperación, rompió en llanto, un sentimiento de angustia comenzó a invadir sus sentimientos, de golpe comprendió que su vida en este momento ya no tenía sentido. Al levantar su vista se vio totalmente rodeado de una turba de sus nuevas compañeras, entro en desesperación, y comenzó a golpear frenéticamente su cuerpo, y no tardo mucho tiempo en ponerse de pie, en un intento desesperado de ahuyentar a sus enemigas. Ya en pánico empezó a correr torpemente en todas direcciones, aún golpeando su piel, y entre recuerdos de perros, de su mujer, sus nuevas compañeras, el hedor de su piel y su locura, no logro ver que el camino no continuaba, resbaló, y comenzó a caer de forma lenta por el acantilado, en este momento su despreciable vida pareció pasar por delante de sus ojos, de pronto algo detuvo su caída, uno de sus pies se había atascado entre dos rocas, y pendía únicamente de su frágil y huesudo pie.
El dolor se torno insoportable, un mar de estrellas paso por su mirada, mientras la frágil piel de su pie se desgarraba suavemente, lanzó por ultima vez un desgarrador grito, que se vio cruelmente ahogado en el fiel silencio de su soledad. Las más gruesas y dolorosas lágrimas jamás lloradas empezaron a recorrer su rostro asustado por el inminente final.
La frágil piel del desquiciado no soporto más la tensión y termino por desgarrarse, en ese momento el dolor más desesperante le acosó y lanzó el grito más desgarrador de la historia, se había ya iniciado su cruel caída, en cámara lenta viajo hasta su ultima morada, con un golpe certero de su cabeza contra una afilada roca extinguió su ultima llama de vida, ahogando por fin su día y en su honor, y por ultima vez sus nuevas compañeras, las moscas hicieron un vuelo de reconocimiento en torno a su cuerpo sin vida.
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Texto : Yo Mismo
Ilustración : Diego Pascual


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Magnifico!!
Saludos.
Martin
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