
Ahí estaba yo, como perra, pidiendo su clemencia, que no me abandonara, abrazándolo fuertemente trayendo su cuerpo hacía el mío, rogando no dejar de sentir su calor, sus caricias, sus abrazos y su olor.
Pero mis esfuerzos eran en vano, pues yo sabía que una vez que dejáramos de hacerlo, el se vestiría y volvería inexorablemente junto a su mujer, y yo, su perra, quedaría en soledad, siendo así su mujer la única que recibiera aquellos besos, aquellas caricias y abrazos que aún cuando recuerdo me erizan la piel y me anudan la garganta, tal como lo hacia desde la primera vez que me abrazo y me beso.
¿Qué más podía pedir?, si yo me había entregado a él a sabiendas de que sería solo para aliviar su calentura de una noche, y eso lo sabía bien, desde que vi en su dedo ese anillo dorado había entendido que nunca sería para mí. Pero las circunstancias habían alargado mí condena, y ya no era una sola noche pasión, sino que ya llevábamos un año así, él me amaba, y yo a él, pero sus remordimientos por sus hijos eran más fuertes de lo que Eduardo pudiera sentir por mí, eso me deprimía y en ocasiones mi mente asesina tendía a fluir, me hacia imaginar que tan delicioso podría ser ver a esos enanos decorados en sangre y a esa perra atravesada por fierro, entre sus piernas, aquellas que recibían de vez en cuando casi por compasión lo que era mió, lo que yo amaba. Pero esos instintos poca y nada de cabida lograban tener cuando repentinamente lograba imaginar que la sonrisa amplia de mi Eduardo se desfigurara y corriera hacía mí, llorando su perdida.
Desde que empezó nuestra relación habíamos llegado a un acuerdo, yo sería su sucursal, y como tal, le entregaría todo aquello que su mujer no fuese capaz de entregarle, no le pediría nada a cambio, solo que algunas veces por noche me entregara un par de abrazos y un par de besos, y que por ningún motivo me contase sobre sus actos de compasión hacía su mujer, ya que la única vez que llegó a hacerlo mi pecho se apretó para luego quedar vacío, inerte, con un dolor que me recorría el cuerpo, me mareaba, me daba asco, y me hacía sentir pena por mí, por ser la otra, por ser quien por un par de abrazos y besos se abriese de piernas, sin importar si me amase o no, y que simplemente lo hacía por satisfacer lo que su mujer no le entregase en aquellos asquerosos actos de compasión. Es más, en aquella noche que me hizo esa repelente confesión, y luego de que él se había ido, mi pena se había vuelto inmensa, tomé litros y litros de alcohol, y en estúpido intento por callar el dolor, sostuve con mi mano un cuchillo y sobre mi muñeca comencé a emular el código de barras que había en el chocolate que me había regalado la noche anterior. Sentí que me iba a desmayar, me vi cayendo sin vida, nadie me encontraría, y en aquellos momentos de desesperación y de miedo de morir en soledad, abrí la puerta de mi departamento di un par de pasos y mi aventura culminó cayendo sobre el piso.
Del resto debo confesar que no recuerdo mucho, abrí mis ojos recorrí el lugar con la mirada, y una dulce mujer me acaricia la barbilla, y me informa que hace tres días un bondadoso vecino llamó a una ambulancia, que había perdido mucha sangre y que me debía quedar un par de horas más ahí, hasta que esté estable, que todo estaba pagado, y que solo intentara descansar… Estoy a salvo, cierro mis ojos, y vuelvo a caer.
El sentimiento de paz volvió a perturbarse y comencé a sentir pena por mí cuando me doy cuenta de que nadie había venido a verme, nadie se había interesado por mí, otra vez la soledad, con un dolor espantoso en mi brazo y con los sedantes aún funcionando camine hacía fuera del hospital, miré hacía el cielo, respire, vi un taxi y caminé hacia el, el tosco hombre me pregunta mi destino, pero no lo sé, ¿Quién sabe cual es su destino en esta vida?, sé donde me dirijo en los próximos 10 minutos, a mi departamento, en donde otra vez, caeré en soledad.
Luego caigo en un nuevo sentimiento de desamparo, cuando me doy cuenta de que no tengo con que pagar el taxi, le ruego clemencia al chofer, el tosco hombre me mira a los ojos y Dios sabe lo que él halla logrado ver en ellos, me miró con desconcierto, me analizó, estiro la mano, tocó la mía, Valla con Dios, pero por favor hágase el favor de cuidarse, lo miro a los ojos, le estaré eternamente en gracia, me doy cuenta de que aún hay gente buena en este mundo, que no todos son como yo.
Al abrir la puerta de mi departamento es cuando me doy cuenta de las dimensiones de lo que hice, sillas patas arriba, vasos quebrados, la alfombra sucia y un cuchillo ensangrentado sobre la cocina, solo pude arrodillarme y llorar, ¿Cómo había logrado caer tan bajo?, ¿Tan poco valoraba mi vida?.
Tomé un trago, y decidí cruzar al departamento de mi vecino, el cual asumí que era el único que habría podido salvarme aquella noche, toque su puerta y momentos después apareció Jorge con su amplia sonrisa de dientes blancos como la nieve, me vio con asombro, Si hubiese sabido que estabas de alta, yo mismo te hubiese ido a buscar, ¿Por qué no lo hiciste?... No sé, asumo que no quise importunarte. Me invito a pasar, me dio un fuerte abrazo y me ofreció una copa, mientras las servía, me senté en el sillón del living, pronto llegó Jorge, reímos un rato, bebimos, y luego de un par de copas, Jorge comenzó a mirarme con ojos extraños, tocó mis piernas, e intento darme un beso, me aparté, él arremetió abalanzándose sobre mí y intento tocar mi entrepierna, le empujé, y le tire los restos de la copa sobre la cara, ¿Qué mierda te crees?, ¿Acaso crees que por llevarme a un hospital tienes derecho a manosearme?, corrí hacía la puerta, la abrí, mientras escuchaba los gritos de furia de Jorge, ¡Puta mal agradecida!, ¡Zorra inmunda!.
Cerré la puerta de mi departamento, solo atiné a caer sobre la cama, me recogí y comencé nuevamente a llorar, cogí el teléfono a me dispuse a llamar a mi amor, me contestó su mujer, no fui capaz de hablar y corté. Horas después sonó mi teléfono, mi Eduardo, estaba afuera y quería verme, como niña loca corrí a la puerta, y ahí estaba él, con un gran ramo de flores, al ver el desastre del departamento las flores cayeron al suelo, y con espanto comenzó a escuchar mi relato, me tomó en brazos y me llevo hacía la cama, y me refugio en su calido pecho, me acaricio, me beso, y volví a caer…
De eso han pasado 9 meses, y ahora mi nueva pena era soportar el que Eduardo quisiese volver a estar a solas con su mujer, ahí estaba yo, como perra rogando clemencia, que no me abandonara, que no me hiciese caer otra vez, pero su decisión era inexorable, no podía tener otro fin, eran sus deseos, y yo, no podía más que aceptar su decisión, la pena me ahoga, me mataba, me sumergía en un pozo negro sin fin…
Nuestra despedida había comenzado hace 10 horas atrás, cuando rompiendo a nuestro pacto, me confesó que en un nuevo acto de compasión se había acostado con su mujer, pero esta vez con un resultado diferente, ahora, venia un hijo en camino, y con la llegada de esta nueva criatura habían sumergido nuevas esperanzas de salvar su matrimonio, que quería ser feliz, y ante esa nueva situación se había dado cuenta de que nuestra aventura no podía ser, qué el no podía seguir siendo homosexual, no era el ejemplo que quería darle a su nuevo hijo, había tomado la decisión de volver al camino que supuestamente Dios había forjado para él, y que yo debía recordar que en aquella primera vez en donde me entregue a él, habíamos llegado al acuerdo de que lo nuestro en algún momento debía acabar, y había llegado el fin, ante esto solo me quedaba aceptar.
En un acto de clemencia le suplique que por favor antes de que cruzara esa puerta y me dejara en soledad me hiciera sentir sus besos por ultima vez, y que me obligara a abrir las piernas para recibirlo por ultima vez, y así fue, lo recibí, por ultima vez me abrazo, me besó, como perra suplique su clemencia, que no se fuera, que no me abandonase. En un momento el se separo de mí, se puso la camisa, Adiós, me besó los labios, cruzo aquella puerta, vi como mis sueños se iban con él, e inexorablemente su decisión se había cumplido, y yo tal como perra dolida, recogí mis rodillas en contra de mi pecho, respire profundamente y nuevamente volví a caer.


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